Memento mori
Memento mori Augusto Ledesma ya no necesita matar para hablar. Tiene a toda una ciudad pendiente de su próxima palabra. Y eso lo convierte en algo más que un asesino. Lo convierte en una idea. Una que Sancho está empezando a entender… y a temer.
Ya no es un misterio. Ya no es una sombra. Augusto Ledesma tiene nombre, rostro, voz. Ha emergido de entre las páginas de su propia obra para mostrarse como el autor absoluto del dolor. Sus crÃmenes no son impulsos: son capÃtulos. Sus vÃctimas, protagonistas involuntarias de un relato que él narra con precisión quirúrgica.
Vive solo, apartado, con una disciplina monacal. Su casa es un templo de orden y palabras. Libros perfectamente alineados. Cuadernos con anotaciones obsesivas. Versos escritos con sangre en las paredes invisibles de su mente. Sabe que lo buscan. Y le encanta.
—No pueden atraparme si no quieren ver lo que ya está frente a ellos —se dice, mientras recita uno de sus poemas frente al espejo—. Porque yo soy ellos.
Su historia personal se revela como un desfile de heridas mal cerradas. Una infancia marcada por la culpa. Una madre fanática que lo amaba con violencia. Un padre ausente que se suicidó, dejándole un legado de silencio. Y en medio de ese vacÃo: la poesÃa. Su única forma de gritar sin ser castigado.