Memento mori
Memento mori Ledesma encuentra placer en el control. No en el dolor ajeno, sino en la transformación. Él no mata por matar. Él "reconfigura" la existencia de las vÃctimas, les da un sentido trascendente a través de la muerte. Las convierte en arte. En eternidad.
—Las personas no mueren cuando dejan de respirar. Mueren cuando son olvidadas —escribe en su diario.
La policÃa empieza a acorralarlo, pero él siempre va un paso adelante. Incluso deja que lo vean. Incluso permite un contacto, una pista demasiado evidente, un testigo que sobrevive... pero solo para que su historia se prolongue. Augusto escribe como vive: midiendo el tempo, el suspense, la caÃda y el clÃmax.
Sancho y Carapocha, cada vez más sincronizados en su forma de pensar, se adentran en el infierno. Pero Ledesma no es solo un asesino. Es una idea. Y una idea no puede ser esposada.
En uno de sus monólogos más escalofriantes, Ledesma se dirige a una de sus vÃctimas antes del acto final:
—No te estoy quitando la vida. Te estoy dando un significado. En mÃ, vivirás para siempre. Como Afrodita. Como Helena. Como todas ellas.
Y la muerte se convierte en ofrenda. En epÃlogo.