Memento mori
Memento mori Sancho, por su parte, empieza a romper. Su ética, su paciencia, su propia identidad como policía. Porque cuando miras demasiado tiempo al abismo, el abismo también empieza a describirte en su cuaderno.
El tiempo se ha agotado. La caza ha alcanzado su punto de no retorno. Sancho sabe que no está persiguiendo solo a un hombre, sino a una manifestación de algo más profundo: la obsesión por ser inmortal a través del arte... incluso si para lograrlo hay que morir.
Augusto Ledesma da el paso final. Deja un último poema. Un mapa. Una cita. Quiere el encuentro. Desea el desenlace. Y lo consigue.
Sancho y Carapocha, siguiendo las pistas casi como discípulos involuntarios, lo encuentran. Pero no en una guarida oscura. No en un lugar sangriento. Lo encuentran en una especie de santuario. Limpio. Casi bello. Rodeado de libros, música clásica, versos y silencio.
—Inspector Sancho —saluda Augusto, como quien recibe a un viejo amigo—. Ya era hora de que llegara el clímax, ¿no?
El enfrentamiento no es físico. Es verbal. Filosófico. Psicológico. Sancho quiere entenderlo tanto como detenerlo. Carapocha, en cambio, solo quiere poner fin a la historia. Pero Ledesma ya ha ganado. No importa si lo arrestan, si lo matan, si lo borran de los archivos. Porque ha sembrado su obra. Porque ya es eterno.