Cuentos de Canterbury
Cuentos de Canterbury Prólogo al cuento del monje
CUANDO hube concluido el relato de Melibeo y la señora Prudencia y su bondad, el hospedero comentó:
—Como que soy un hombre honrado, y por los preciados huesos de Madrián: habría preferido que mi mujer hubiera escuchado este cuento a beber un barril de cerveza. Nunca se muestra paciente conmigo como Prudencia con Melibeo. ¡Por los huesos de Cristo! Siempre que me dispongo a propinar una paliza a mis sirvientes surge ella con grandes varas y espeta: «¡Mata todos estos perros! ¡No les dejes un hueso sano!».
»Si alguno de mis vecinos no la saluda en la iglesia o la ofende, tan pronto como llegamos a casa se enfurece y exclama: “¡Infeliz cobarde; venga a tu mujer! ¡Por el cuerpo de Cristo, dame tu cuchillo! ¡Tú quédate con mi rueca y vete a hilar!”. De la mañana hasta la noche la cantinela es la misma: “Desgraciada de mí que me casé con un lechero o con un mono cobarde, que se deja intimidar por cualquier tipo, y que no se atreve a respaldar los derechos de su mujer”.