Cuentos de Canterbury

Cuentos de Canterbury

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—Bueno —dijo el intendente—, si os sirve de consuelo, maese cocinero, os perdonamos de momento si contáis vuestro relato. Es decir, si nadie de los que cabalga en este grupo tiene algo que objetar en contra y nuestro anfitrión tiene la bondad de dar su asentimiento, pues, por la salvación de mi alma, me parece que vuestro rostro está excesivamente pálido, vuestros ojos se ven también como aturdidos, y vuestro aliento huele a agrio, signo evidente de que no estáis en buena forma. Ciertamente no voy a adularos. Vedle cómo bosteza este gamberro borracho. Parece que se nos fuera a tragar a todos aquí mismo.

»No abráis la boca, hombre, por el amor de Cristo. ¡Que el diablo de los infiernos meta el pie en ella! Vuestro horrible aliento nos va a envenenar a todos. Por favor, cerdo apestoso, por favor, ¡morid de una santa vez! Ah, señores, mirad bien a este guapo mozo. ¿Queréis probar vuestra destreza en el juego de lanza a caballo, dulce señor, y esquivar el saco de arena? Yo diría que estáis en espléndida forma para ello. Habéis estado bebiendo a destajo, apostaría, y cuando la gente bebe así, va lista.




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