El Jardín de los Cerezos

El Jardín de los Cerezos

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DUNIASCHA.—Los perros, sin embargo, no se duermen jamás cuando esperan a sus amos.

LOPAKHIN.—¿Qué te ocurre, Duniascha? Tu actitud me causa extrañeza.

DUNIASCHA.—Mis manos tiemblan. Mis piernas flaquean. Tengo miedo de caer.

LOPAKHIN.—Ello viene de que tú eres muy impresionable, de que te enterneces demasiado. Hay algo a en ti que no me agrada del todo; tú vistes como una señorita. No es posible continuar así. Debes acordarte de ti misma y hacerte cargo de cuál es tu verdadera condición.

EPIFOTOF.—(Entra con un gran ramo de flores y con el traje de los domingos. Tropieza, y el ramo cae al suelo.) El jardinero me encomendó este ramo, diciéndome que había que colocarlo en un jarrón, sobre la mesa. (Epifotof entrega las flores a Duniascha, y ella cumple el encargo.)

LOPAKHIN.—(Dirigiéndose a Duniascha.) Te he dicho que me traigas kwas[2].

DUNIASCHA.—Ahora mismo. (Vase.)


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