El Jardín de los Cerezos

El Jardín de los Cerezos

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CARLOTA.—Yo no tengo pasaporte, yo ignoro mi edad. Figúrome que soy todavía joven. En mis tiempos de infancia, mi padre y mi madre recorrían las ferias, dando representaciones; yo brincaba como un diablillo, y hasta daba saltos mortales. Así aprendí y practiqué el oficio de titiritera. A la muerte de mis padres, una señora alemana me tomó en su casa y me educó. Crecí. Me convertí en aya. Pero ¿qué soy yo en realidad? No lo sé. ¿Quiénes fueron mis padres? ¿Estaban casados? (Saca del bolsillo un pepino y lo come ávidamente.) Yo no sé nada, nada, de lo que fueron mis padres y de lo que yo soy. (Pausa.) Me devoran las ganas de hablar con alguien, y nadie tiene interés en escucharme.

EPIFOTOF.—(Cantando al son de la guitarra.): «Yo me burlo de todo el mundo. ¡Qué me importan los amigos y los enemigos!» ¡Qué cosa tan agradable expresar los propios sentimientos en música!

DUNIASCHA.—(Empolvándose el rostro.) Canta, canta…

EPIFOTOF.—La vida es una eterna canción.

CARLOTA.—(Tomando su escopeta.) Tú, Epifotof, eres muy completo, muy sabio; pero me inspiras miedo. ¡Todos los sabios se me antojan tan imbéciles!

EPIFOTOF.—Carlota, piense usted de mí lo que quiera. Pero debo decirle que la suerte no me ha sido propicia. (Llegan Lubova Andreievna y Lopakhin.)


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