El Jardín de los Cerezos
El Jardín de los Cerezos LOPAKHIN.—Ahora bien; urge decidirse. El tiempo vuela. La cuestión es bien sencilla. Déme usted su consentimiento, y yo me las arreglaré para realizar el negocio de las parcelas. ¿Sí, o no?
LUBOVA.—Malos augurios corren por acá.
GAIEF.—La línea férrea va a ser puesta en explotación. Ello constituirá una gran comodidad.
LOPAKHIN.—Una palabra, Lubova, una simple respuesta. ¿Sí, o no?
GAIEF.—(Bostezando.) ¿Responder? ¿A qué?
LUBOVA.—(Examinando su portamonedas.) Ayer me quedaba aún bastante dinero. Hoy, muy poco. Mi pobre Varia, hay que economizar. Danos de comer a todos sopas de leche. Los criados se contentarán con un plato de guisantes. ¡Y decir que yo gasto mi dinero tontamente! (Deja caer el portamonedas, del cual salen, rodando por el suelo, algunas piezas de oro.) ¡Ea! Ya veis cómo ruedan.
YASCHA.—(Que llega en este mismo momento.) Déjeme; voy a recogerlas una por una. (Las recoge.)
LUBOVA.—Gracias, Yascha.
GAIEF.—¿De qué te ríes, Yascha?
YASCHA.—Yo no puedo escuchar la voz de usted sin reír.
LUBOVA.—(A Yascha.) ¡Vete de ahí!
YASCHA.—(Entregándole el portamonedas.) Me iré.