El Jardín de los Cerezos
El Jardín de los Cerezos LOPAKHIN.—Derejanof, el ricachón, desea comprar vuestra propiedad; piensa tomar parte en la subasta.
LUBOVA.—¿Por dónde lo sabe usted?
LOPAKHIN.—Lo he oído decir en la ciudad.
GAIEF.—La tía de Yaroslaf prometió enviarnos fondos. Cuándo los enviará, Dios lo sabe.
LOPAKHIN.—¿Cuánto? Cien, doscientos, mil.
LUBOVA.—Diez o quince mil. Eso vendrá muy bien.
LOPAKHIN.—Excúseme por lo que voy a decir. Yo no he visto jamás personas más negligentes y ligeras que ustedes, personas tan nulas, tan negadas en lo que se refiere a los negocios. Se les advierte en ruso, de una manera explícita y clara, que su propiedad será puesta en venta, y ustedes como si tal cosa.
LUBOVA.—¿Qué debemos hacer? Dígalo.
LOPAKHIN.—Yo se lo estoy diciendo, en todos los tonos, todas las mañanas, todos los días, y ustedes aparentan no entender mi lenguaje. Su jardín de los cerezos y toda su finca deben ser transformados en terreno de datchas. Esto debe ser realizado sin tardanza, con la mayor prontitud posible. El día de la subasta se aproxima. ¿Comprende? Si se decide a arrendar la tierra para las datchas, podrá salvarse. Yo no sé ya cómo repetirlo; métase bien en la cabeza la idea de que no hay otro medio de salvación.