El Jardín de los Cerezos

El Jardín de los Cerezos

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LOPAKHIN.—¡Qué molestia! La impertinencia tiene también sus límites.

LUBOVA.—(Sacando una pieza de su portamonedas.) ¡Tome! No tengo ninguna moneda de plata. Ahí va una de oro.

EL TRANSEÚNTE.—Muchas gracias. (Vase.)

VARIA.—No puedo más. ¡Qué locura! En casa, las gentes de servicio no tienen qué comer, y usted da, tan fácilmente, diez rublos en oro.

LUBOVA.—¿Qué le voy a hacer? Soy tonta. En casa, te entregaré todo lo que tengo. Yermolai Alexievitch, ¡présteme algo más!

LOPAKHIN.—Bien.

LUBOVA.—Es hora de que nos vayamos. ¿Sabes, Varia? Hemos arreglado ya tu matrimonio. Mi enhorabuena.

VARIA.—Con estas cosas, mamá, no se bromea.

LOPAKHIN.—Le advierto una vez más que el día veintidós de agosto vuestro jardín de los cerezos será sacado a subasta.

(Todos se van, excepto Ania y Trofimof.)

ANIA.—Gracias a ese desconocido, que asustó a Varia, nos hemos quedado solos.

TROFIMOF.—Varia teme que nos amemos. No la deja a usted sola ni un minuto. Su espíritu estrecho no le permite comprender la elevación de nuestro amor. (Ania le mira con ternura.)

ANIA.—Hoy se está bien aquí.


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