El Jardín de los Cerezos
El Jardín de los Cerezos (Tranquilidad, silencio. Malestar latente. Firz balbucea confusamente no se sabe qué. Ruido misterioso en el aire; como el son de una cuerda que se rompe.)
LUBOVA.—¿Qué es eso?
LOPAKHIN.—No sé.
LUBOVA.—(Con sobresalto.) Es desagradable.
FIRZ.—La víspera de la desgracia, ya saben cuándo digo, la víspera de la liberación de los mujiks, se produjo el mismo fenómeno. Hubo más: el búho gritó; el samovar hirvió con un ruido extraño.
GAIEF.—(Murmurando.) Yo escuché algo parecido cuando el pobre Grischa… (Pausa.)
LUBOVA.—(Muy impresionada.) Vámonos, amigos míos; es tarde. (A Ania.) Lágrimas corren por tus mejillas. ¿Qué tienes, niña?
ANIA.—Nada, mamá.
TROFIMOF.—Alguien viene. (Pasa un transeúnte, con una gorra vieja, un vestido mugriento; camina como si estuviera borracho.)
EL TRANSEÚNTE.—¿Pueden decirme si por este camino voy derecho a la estación?
GAIEF.—Sí; siga por ahí.
EL TRANSEÚNTE.—Gracias mil. (Tosiendo.) El tiempo es magnífico. (A Varia.) Señorita, préstele usted a un hambriento treinta kopeks. (Varia, asustada, profiere un grito.)