El Jardín de los Cerezos
El Jardín de los Cerezos PITSCHIK.—Daschinka me habla de él de vez en cuando… Créalo, tan apurado me hallo de dinero, que me siento capaz de fabricar billetes de Banco… Pasado mañana debo pagar trescientos diez rublos. He podido hallar ciento treinta. ¿Cómo procurarme el resto? (Explorando sus bolsillos, con angustia.) El dinero se evaporó. Lo perdí. ¡Vive Dios! ¿Dónde están mis ciento treinta rublos?… ¡Ah! (Triunfante.) Helos aquí en el forro. ¡Qué susto me llevé!
(Entran Lubova Andreievna y Carlota.)
LUBOVA.—(Cantando, a media voz, la «lezguimka[7]».) ¿Qué ocurre con Leónidas? (A Duniascha, que anda por allí.) Ofrece té a los músicos.
TROFIMOF.—La subasta, según parece, no se efectuará.
LUBOVA.—En mal hora vinieron los músicos. Y la idea de bailar, en estas circunstancias, fue una idea absurda… Pero no importa… (Siéntase, y vuelve a cantar a media voz…) ¿Qué se ha hecho de Leónidas? Todo ha terminado. La finca será vendida. La subasta, ¿no se ha verificado todavía? ¿A qué ocultarme?
VARIA.—(Tratando de consolarla.) El tío fue quien se quedó con la propiedad. Estoy segura de ello.
TROFIMOF.—(Riendo) ¡Muy bien!