El Jardín de los Cerezos
El Jardín de los Cerezos PITSCHIK.—(A Lubova Andreievna.) Concédame usted un valsecito. (Lubova Andreievna sale del brazo con él.) Mi querida amiga, necesito todavía ciento ochenta rublos. ¿Puedo contar con ellos? (Ambos se alejan bailando. Óyense voces en la gran sala. Llega Lopakhin. Pitschik le besa y le dice:) Tú hueles a coñac. Nosotros, ya lo ves, nos divertimos.
(Entra Lubova Andreievna.)
LUBOVA.—¿Es usted, Yermolai Alexievitch? ¿Cómo ha tardado tanto? ¿Dónde está Leónidas?
LOPAKHIN.—Leónidas Andreievitch ha llegado antes que yo.
GAIEF.—(Entrando.) Me encuentro terriblemente fatigado, Firz; voy a cambiar de traje. (Firz le sigue.)
PITSCHIK.—(A Lopakhin.) Hable, hable.
LUBOVA.—¿Y el jardín de los cerezos? ¿Lo han vendido?
LOPAKHIN.—Sí.
LUBOVA.—(Ansiosamente.) ¿Quién lo ha comprado?
LOPAKHIN.—Yo.
(Pausa prolongada.)
LUBOVA.—(Desfallecida, tiene que apoyarse en una mesa para no caer.) ¡Vendido!…
VARIA.—(Desprende el manojo de llaves de su cintura y lo arroja al suelo. Parte en silencio.)