El Jardín de los Cerezos
El Jardín de los Cerezos PITSCHIK.—(Estrechándole en sus brazos y besándole.) Lubova Andreievna llora. Dejémosla sola. Vámonos.
LOPAKHIN.—¿Qué es eso? Músicos, tocad fuerte. Que se os oiga. Yo quiero que todo se efectúe con arreglo a mis instrucciones… (Con arrogancia.) Aquí está el nuevo propietario del jardín de los cerezos. (Yendo un lado para otro, henchido de satisfacción, tropieza con un velador y derriba un candelabro.) ¡No es nada! Lo pagaré. Yo puedo pagar cuantos desperfectos se originen por mi causa. (Vase con Pitschik.)
(En el salón no queda sino Lubova Andreievna, sentada y llorando. La orquesta toca a la sordina. Ania entra y se arrodilla ante su madre.)
ANIA.—Mamá, no llores…, yo te quiero. Yo te bendigo… El jardín de los cerezos ya no es nuestro. Para nosotros, este jardín no existe ya. ¡No importa! No llores más. Miremos al porvenir. Ven conmigo. Cultivaremos un nuevo jardín de los cerezos, que será mucho más hermoso que el otro. Una nueva felicidad descenderá sobre tu alma. Vámonos, mi querida mamá, vámonos.