El Jardín de los Cerezos

El Jardín de los Cerezos

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TROFIMOF.—¡Pero si esos chanclos no son los míos!

LOPAKHIN.—En la primavera planté mil deciatinas de peonías y gané en ello cuarenta mil rublos. ¡Qué hermoso era ver los campos en flor! Sobre ese beneficio, yo te ofrezco un préstamo. ¿A qué tantos remilgos? Yo no soy más que un mujik, un simple mujik. Mi proposición es sincera.

TROFIMOF.—Tu padre era un mujik. El mío es un pequeño farmacéutico…

LOPAKHIN.—(Extrae la cartera de un bolsillo.) ¿Aceptas?

TROFIMOF.—Déjame, déjame en paz. Aunque me ofrecieras veinte mil rublos, no tomaría nada. Yo soy un hombre libre. Las deudas son servidumbre. Y todo eso que vosotros, ricos o pobres, apreciáis a tal extremo, sobre mí no ejerce el menor poder. Yo puedo prescindir de ti. Yo puedo pasar delante de ti sin advertir tu presencia. Yo soy fuerte, orgulloso. La Humanidad es un camino en marcha que lleva a la felicidad suprema, la cual es posible en este mundo. Yo me hallo en las primeras filas.

LOPAKHIN.—¿Y tú crees poder llegar?

TROFIMOF.—Llegaré. (Pausa.) Y si no llego, por lo menos habré mostrado el camino a los que me seguirán.


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