El Jardín de los Cerezos
El Jardín de los Cerezos TROFIMOF.—No quiero.
LOPAKHIN.—Así, pues, ¿no partes para Moscú?
TROFIMOF.—Los acompañaré hasta la ciudad, y mañana saldré para Moscú. (Trofimof sigue buscando sus chanclos.) Probablemente, no nos volveremos a ver más. Permite que te dé un consejo antes de separarnos. No gesticules. Abandona esa detestable costumbre. Oye lo que te voy a decir: construir una datcha, imaginar que de un datchnik puede salir un pequeño propietario, es tan inútil como gesticular. Pero sea como quiera, tú me eres simpático. (Se abrazan.)
LOPAKHIN.—Y tú a mí también me eres simpático. Ya lo sabes. Yo haré cuanto pueda por ti. Me tienes a tu disposición. No soy tan malo como algunos suponen. (Lopakhin saca su portamonedas y hace ademán de entregarle dinero.)
TROFIMOF.—¿A qué viene esto? Yo no necesito dinero.
LOPAKHIN.—Pero tu bolsillo está vacío.
TROFIMOF.—De ningún modo. Dinero no me falta. Me pagan bien mis traducciones. (Con énfasis.) No, yo no carezco de medios de subsistencia… ¿Dónde están mis chanclos?
VARIA.—(Desde el interior, a gritos.) ¡Aquí está esa antigualla! (Le lanza, en medio de la habitación, un par de chanclos viejos.)