El Jardín de los Cerezos
El Jardín de los Cerezos YASCHA.—¡Buen viaje! ¡Mi enhorabuena a los que se quedan aquí! (Apura una copa.) Yo le aseguro que este champaña no es natural. Sin embargo, lo pagué a ocho rublos la botella.
LOPAKHIN.—Hace un frío de todos los diablos en este aposento.
YASCHA.—Hoy no se han encendido las estufas. Lo mismo da, puesto que nos vamos. (Ríe.)
LOPAKHIN.—¿Por qué te ríes?
YASCHA.—Porque estoy muy contento.
LOPAKHIN.—Para lo avanzado de la estación, el tiempo es excelente. ¿Quién diría que este cielo es el del mes de octubre? (Mira su reloj; dirigiéndose hacia la puerta, grita:) ¡Ea, señores, acordaos de que no nos restan sino cuarenta y cinco minutos hasta la salida del tren!
TROFIMOF.—(Abrigado en su gabán.) Paréceme, en efecto, que es tiempo de partir… ¿Y mis chanclos? Mis chanclos han desaparecido, Ania. ¿Qué se ha hecho de mis chanclos de goma?
LOPAKHIN.—Voy a pasar el invierno en Kharkof. Tomaré el mismo tren que ustedes. No sé qué hacer de mis manos. Me cuelgan de los brazos como si pertenecieran a otro individuo.
TROFIMOF.—Nosotros partiremos, y tú podrás empezar de nuevo a trabajar.
LOPAKHIN.—¡Ea, bebe!