La Dama del Perrito
La Dama del Perrito También se lo explicó. Mientras hablaba, pensaba que acudía a una cita y que ni una sola persona lo sabía ni probablemente lo sabría nunca. Tenía dos vidas: una que se desarrollaba a la luz del día, que veían y conocían aquéllos a quienes les incumbía, llena de verdades y mentiras convencionales, semejante en todo a la existencia de sus conocidos y amigos; y otra que fluía en secreto. Por un extraño cúmulo de circunstancias, quizá fortuito, todo lo que era importante, interesante e indispensable para él, todo aquello en lo que se mostraba sincero y no se engañaba, aquello que constituía la esencia misma de su vida, transcurría a espaldas de los otros, mientras todo lo que era mentira, el envoltorio en que se ocultaba para disimular la verdad, como, por ejemplo, su actividad en el banco, sus discusiones en el casino, sus comentarios sobre la «raza inferior», su asistencia a los aniversarios en compañía de su mujer, todo eso estaba a la vista. Juzgando a los otros a partir de su propia experiencia, desconfiaba de lo que veía y sospechaba que todo el mundo disimulaba bajo el velo del secreto, como bajo el de la noche, su verdadera vida, aquella que presentaba mayor interés. Toda existencia personal descansa en el secreto; quizá a ello se deba en parte que los hombres cultivados se preocupen tanto de que se respeten los secretos personales.