La Dama del Perrito
La Dama del Perrito Es el caso que un día estaba almorzando en el jardín a la caída de la tarde, cuando la dama de la boina se acercó con pasos lentos a la mesa contigua. Su expresión, sus andares, su vestido y su peinado le decían que pertenecía a la buena sociedad, que estaba casada, que era la primera vez que iba a Yalta, que estaba sola y que se aburría… En los rumores que corren sobre las licenciosas costumbres de Yalta hay muy poco de cierto; él los despreciaba, pues sabía que en su mayor parte eran difundidos por personas que habrían pecado de buena gana si hubieran podido; pero, cuando la dama se sentó a la mesa contigua, a tres pasos de él, le vinieron a la memoria todos esos relatos de conquistas fáciles y excursiones a las montañas, y el pensamiento tentador de una relación breve y pasajera, de un romance con una mujer desconocida, de la que no se sabe ni el nombre ni el apellido, se apoderó de pronto de él.
Llamó al lulú con zalamerías y, cuando se le acercó, le amenazó con el dedo. El perro gruñó y Gúrov volvió a amenazarle.
La dama le miró y al punto bajó los ojos.
—No muerde —dijo, ruborizándose.
—¿Le puedo dar un hueso? —y cuando ella asintió con la cabeza, le preguntó con afabilidad—: ¿Lleva mucho tiempo en Yalta?
—Unos cinco días.
—Yo llegué hace dos semanas.
