La Dama del Perrito
La Dama del Perrito Ella se echó a reír. Luego los dos siguieron comiendo en silencio, como desconocidos; pero después del almuerzo se marcharon juntos e iniciaron una conversación chispeante y ligera, típica de personas libres y satisfechas, a las que poco importa adónde van y de qué hablan. Pasearon y comentaron la extraña luminosidad del mar; el agua tenía una tonalidad lila, delicada y cálida, y la luna dibujaba sobre ella una banda dorada. Hablaban de lo sofocante del ambiente después de una jornada tórrida. Gúrov contó que era moscovita, había seguido estudios de filología y trabajaba en un banco; en el pasado había tenido intención de convertirse en cantante de ópera de una compañía privada, pero había renunciado a ese propósito; tenía dos casas en Moscú… Por su parte se enteró de que ella se había criado en San Petersburgo, pero se había casado en S., donde llevaba viviendo dos años; que pasaría en Yalta un mes más y que su marido quizá se reuniría con ella, pues también estaba necesitado de descanso. No fue capaz de explicarle dónde trabajaba su marido, si en la administración provincial o en el consejo local del zemstvo, y ella misma lo encontró muy divertido. También averiguó Gúrov que se llamaba Anna Serguéievna.