La isla de Sajalin

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Los detenidos, después del trabajo, vuelven a la prisión con la ropa empapada y el calzado sucio, sobre todo en los periodos de mal tiempo. No hay lugar donde secarlos. El preso cuelga parte de su ropa junto a la tarima y las restantes prendas, aún sin secar, las extiende y las utiliza como lecho. Su zamarra huele a oveja, su calzado hiede a cuero y a alquitrán. La ropa interior, impregnada de secreciones cutáneas y compuesta de restos de sacos viejos y andrajos podridos, está húmeda y hace tiempo que no se lava; los harapos con que cubre sus pies despiden un asfixiante olor a sudor; y él mismo, que hace mucho tiempo que no se baña, está lleno de piojos, fuma tabaco barato y sufre constantemente de flatulencia. Pan, carne, pescado salado que a menudo se seca en la misma prisión, migajas, huesos, sobras y restos de sopa se mezclan en su escudilla. Aplasta las chinches con los dedos en la misma tarima. Todo eso hace que el aire de la prisión sea fétido, apestoso, acre; además, se impregna de vapor de agua, de manera que durante las grandes heladas, por la mañana, las ventanas aparecen cubiertas por dentro de una capa de hielo y el interior del barracón se oscurece. El sulfuro de hidrógeno, el amoniaco y otros gases se mezclan en el aire con el vapor de agua, produciendo ese olor que, en palabras de los vigilantes, «hace que se revuelva hasta el alma».



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