La isla de Sajalin
La isla de Sajalin —Mis hermanos. El comerciante Piotr Mijaílich vino a la cárcel y nos sacó bajo fianza. Así siguieron las cosas hasta la fiesta de la Intercesión de la Virgen. Nos trataron bien, estábamos en buen estado. Al día siguiente nos juzgaron en la ciudad. Kirsha tenía testigos: los testigos que se habían quedado rezagados lo sacaron del apuro, pero yo, amigo, no me salvé. En el tribunal dije lo mismo que acabo de decirte, pero no me creyeron. «Todos dicen lo mismo y juran por lo más sagrado, pero todos mienten». Bueno, me condenaron y me enviaron a prisión. Allí estaba encargado de las letrinas y además barría las celdas y distribuía la comida. Por esa tarea cada preso me daba una ración de pan al mes, es decir, unas tres libras por cabeza. Cuando me enteré de que faltaba poco para mi partida, envié un telegrama a casa. Fue antes de la fiesta de San Nicolás. Mi mujer y mi hermano Kirsha vinieron a verme, me trajeron ropa y alguna otra cosa… Mi mujer lloraba y gemía, pero no se podía hacer nada. Cuando se disponía a marcharse, le di dos raciones de pan para que se les llevara a casa. Una vez que me harté de llorar, envié mis saludos a nuestros hijos y a todos los buenos cristianos. Durante el trayecto nos pusieron las esposas. Íbamos de dos en dos. Yo iba con Iván. En Nóvgorod nos fotografiaron, nos encadenaron y nos raparon la cabeza. Después nos condujeron a Moscú. Desde allí envié una petición de indulto. No recuerdo cómo hicimos el viaje hasta Odesa, pero no se produjo ningún incidente. En Odesa nos llevaron a un médico que nos hizo un montón de preguntas, nos ordenó que nos quitáramos la ropa y nos examinó de pies a cabeza. Luego nos juntaron y nos condujeron al barco. Una vez allí, varios soldados y cosacos nos llevaron abajo y nos metieron en la bodega. Nos instalamos en las tarimas y ya está. Cada uno en su lugar. En la de arriba había cinco personas. Al principio no entendíamos lo que pasaba, luego alguien dijo: «¡Zarpamos, zarpamos!». Después de mucho navegar, el barco empezó a balancearse. Hacía tanto calor que la gente se desnudó. Algunos vomitaban, otros ni se inmutaban. Por supuesto, pasábamos casi todo el tiempo tumbados. ¡Era una tempestad de las buenas! Nos lanzaba de un lado para otro. ¡Tanto navegamos que al final acabamos chocando! Había bruma. Luego cayó la noche. Cuando chocamos, el barco se detuvo y empezó a cabecear sobre las rocas; parecía como si un enorme pez hubiera colisionado con la quilla y removiera nuestro barco[22]. Por más que tiraban hacia delante, el barco no se movía. Tiraron hacia atrás, y se abrió una vía de agua en el fondo. Trataron de calafatearlo con una vela, pero no hubo manera. El agua llegaba hasta el suelo, donde estaba sentada la gente, y el nivel no dejaba de subir. Algunos suplicaban: «No nos deje morir, excelencia». Él al principio decía: «No es necesario que gritéis ni supliquéis, no dejaré que muera nadie». Luego el agua llegó hasta la tarima inferior. Los cristianos se empujaban, suplicaban. El señor dijo: «Bueno, muchachos, os dejaré salir, pero no os amotinéis u os mataré como conejos». Nos soltaron. Rezamos para que el Señor apaciguara las aguas y nos salvara del naufragio. Rezamos de rodillas. Después de la oración nos distribuyeron galletas y azúcar; entretanto, el mar se calmó. Al día siguiente empezaron a llevar a la gente a la orilla en barcazas. Una vez en tierra volvimos a rezar. Después nos transportaron a otra embarcación, un barco turco[23], y nos trajeron aquí, a Aleksándrovsk. Nos desembarcaron en pleno día, pero allí nos retuvieron bastante tiempo y cuando abandonamos el lugar ya era noche cerrada. Nosotros, buenos cristianos, avanzábamos en fila; algunos padecían ceguera nocturna. Todos iban agarrados, tanto los que veían como los que no. Yo llevaba detrás de mí una decena de cristianos. Nos llevaron hasta el patio de la prisión y a continuación nos distribuyeron por barracones. Esa noche cada uno comió lo que llevaba consigo, y a la mañana siguiente empezaron a distribuirnos lo que nos correspondía. Descansamos dos días, el tercero tuvimos baño y al cuarto nos llevaron a trabajar. Nuestra primera ocupación consistió en cavar una fosa en el solar donde iba a construirse la enfermería. Quitamos los tocones, limpiamos el suelo, cavamos y todo lo demás, y así durante un par de semanas o tal vez un mes entero. Luego llevamos troncos desde los alrededores de Mijaílovka. Cargábamos con ellos durante unas tres verstas y los apilábamos junto al puente. Luego nos llevaron a los huertos para que excaváramos agujeros en busca de agua. Y cuando llegó la época de la recogida del heno, reunieron a los cristianos, preguntaron si había alguien que supiese segar y apuntaron a los que respondían afirmativamente. Nos dieron pan, sémola y carne para toda la cuadrilla y nos enviaron con un vigilante a segar a Armudán. No podía quejarme de mi vida: Dios me daba salud y era un buen segador. El guardián golpeó a alguno de los otros, pero a mí nunca me dijo una palabra de más. Mis compañeros se enfadaban conmigo porque iba muy deprisa, pero eso no tiene importancia. Cuando disponía de tiempo libre o llovía, confeccionaba sandalias. La gente se iba a dormir, rendida por el esfuerzo, y yo me ponía a trenzar. Vendía el par por dos raciones de carne, lo que equivale a cuatro kopeks. Una vez terminada la siega, regresamos a la cárcel. Más tarde Sashka, un colono de Mijaílovka, me llevó como obrero. Allí me ocupaba de todas las faenas del campo: segaba, cosechaba, trillaba, cogía patatas, mientras Sashka transportaba troncos en mi lugar. Todo lo que comíamos lo recibíamos del Estado. Trabajé allí dos meses y cuatro días. Sashka me había prometido dinero, pero no me dio nada. Lo único que obtuve fue un pud de patatas. Sashka me llevó de vuelta a la cárcel. Me dieron un hacha y una soga y me enviaron a arrastrar troncos. Estaba encargado de siete estufas. Vivía en una yurta y trabajaba para el carcelero llevando agua y barriendo. Vigilaba el maidan de un tártaro de Magza[24]. Cuando regresaba del trabajo, me confiaba su maidan. Vendía la mercancía y a cambio recibía quince kopeks al día. En primavera, cuando los días se hicieron más largos, empecé a trenzar sandalias. Cobrara diez kopeks por el par. En verano sacaba madera del río. Apilé un gran montón que vendí al celador judío de los baños. También reuní sesenta troncos en el bosque y los vendí a quince kopeks la pieza. Y así he podido ir tirando, con la ayuda de Dios. Pero no tengo tiempo para seguir charlando contigo, excelencia. Debo ir a por agua.