La isla de Sajalin

La isla de Sajalin

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Después de la comida, a eso de las seis, alcanzamos el cabo de Prongue. En ese punto se acaba Asia y podría decirse que también allí el Amur desemboca en el océano Pacífico, de no ser porque la isla de Sajalín se interpone entre ambos. El estuario se extiende ante la vista en toda su amplitud; delante de nosotros se distingue una banda nebulosa; la isla del penal. A la izquierda, extraviándose en sus propios repliegues, la orilla desaparece en la bruma, perdiéndose en el misterioso norte. Se tiene la impresión de haber llegado al fin del mundo, a un lugar más allá del cual ya no se puede navegar. De uno se apodera el mismo sentimiento que probablemente embargaba a Ulises cuando navegaba por mares desconocidos y presentía vagamente el encuentro con seres extraordinarios. Y en efecto, a la derecha, en un recodo del estuario, procedentes de un banco de arena en el que se asienta una aldea guiliaka, aparecen dos barcas cargadas de seres extraños que vociferan en una lengua incomprensible al tiempo que agitan algún objeto. Resulta difícil adivinar de qué se trata, pero a medida que se acercan, distingo unas aves grises.

—Son gansos a los que han dado caza y que quieren vendernos —explica alguien.



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