La isla de Sajalin

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En mis visitas a las isbas de Kórsakovskoie estuve acompañado por el preso Kisliakov, un hombre bastante extraño. Probablemente los cronistas judiciales todavía no lo han olvidado. Se trata del mismo Kisliakov, antiguo escribiente militar, que mató con un martillo a su mujer en la calle Nikoláievskaia de San Petersburgo y después se presentó ante el gobernador de la ciudad para confesar su crimen. Según declaró, su mujer era una belleza y él la adoraba. Pero un día, después de una pelea, juró delante de los iconos que la mataría; y desde ese momento hasta el instante del crimen una fuerza invisible no dejaba de susurrarle al oído: «¡Mátala, mátala!». Hasta el día del juicio estuvo internado en el hospital de San Nicolás; probablemente por eso se considera un enfermo mental y me pidió varias veces que usara mi influencia para que le reconocieran como loco y lo encerraran en un monasterio. El trabajo forzado que le han asignado en la cárcel consiste en tallar las pequeñas estacas de madera que sirven para reforzar los recipientes de las rebanadas de pan; no parece un trabajo nada duro, pero ha contratado a alguien para que lo haga en su lugar y él «da lecciones», es decir, no hace nada. Lleva un traje de lienzo y su aspecto externo es decoroso. Es un hombre de pocas entendederas, pero bastante hablador y filósofo: «Donde hay pulgas, hay niños», comenta con suave y aterciopelada voz de barítono cada vez que ve un niño. Cuando me preguntaban en su presencia por la razón de mi censo, respondía:


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