La isla de Sajalin

La isla de Sajalin

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En otra isba presencié la siguiente escena: un joven preso, moreno, con un rostro extraordinariamente triste, vestido con una elegante camisa, estaba sentado a la mesa, con la cabeza apoyada en ambas manos. Una presa recogía el samovar y las tazas. Cuando le pregunté si estaba casado, el joven me respondió que su mujer le había seguido voluntariamente a Sajalín con su hija, pero que hacía ya dos meses que se había marchado a Nikoláievsk con la niña y se negaba a volver, aunque le había mandado varios telegramas.

—Y no regresará —dice la presa con cierta alegría maligna—. ¿Qué iba a hacer aquí? ¿Acaso no ha visto ya tu Sajalín? ¡Déjalo ya! —Él guarda silencio y ella insiste—: No regresará, es una mujer joven, libre, ¿por qué iba a hacerlo? Ha volado como un pájaro, y si te he visto no me acuerdo. No es como tú y como yo. Si yo no hubiese matado a mi marido y tú no fueses un incendiario, también nosotros seríamos libres, y no estarías ahí sentado, con la cabeza gacha, esperando sin ninguna esperanza a tu mujer, con el corazón hecho trizas…

El joven sufre, tiene un peso en el corazón, pero la mujer no deja de incordiarlo. Salgo de la isba, la mujer sigue con su retahíla.


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