La isla de Sajalin
La isla de Sajalin Un día, a la caída de la tarde, encontré en una isba a un hombre de unos cuarenta años, con la chaqueta por dentro de los pantalones, barbilla afeitada, camisa sucia y sin almidonar y una prenda semejante a una corbata: un privilegiado, según todas las apariencias. Estaba sentado en un banco y comía carne salada y patatas en una escudilla de barro. Su apellido terminaba en -ki, y no sé por qué, me pareció que tenía ante mí a un antiguo oficial cuyo apellido terminaba de la misma manera y que había sido enviado al penal por una infracción disciplinaria.
—¿Antes era usted oficial? —le pregunté.
—No, excelencia, era sacerdote.
Desconozco la causa por la que fue enviado a Sajalín y no le hice ninguna pregunta sobre el particular. Cuando una persona a la que hasta hace poco la gente llamaba padre Ioán o padrecito y besaban la mano os recibe en posición de firme, con una chaqueta gastada y miserable, es imposible pensar en su crimen.