La isla de Sajalin
La isla de Sajalin Si alguna vez un pintor paisajista tiene ocasión de visitar Sajalín, le recomiendo que preste atención al valle del río Arkai. No solo se encuentra en un enclave privilegiado, sino que presenta tal riqueza de colores que es difícil no recurrir al viejo tópico de una abigarrada alfombra o un calidoscopio. Por un lado, una vegetación espesa y exuberante, con matas gigantes de bardana que brillan por la lluvia reciente; junto a ellas, en un campo que no supera los tres sazhens, verdea el centeno; luego una parcela de cebada y de nuevo la bardana; más allá surge un sembrado de avena, un bancal de patatas, dos girasoles con las cabezas inclinadas; más adelante se insinúa como una cuña el cáñamo espeso y verde. Aquí y allá se yerguen orgullosas plantas de la familia de las umbelíferas, semejantes a candelabros; y toda esa variedad de colores está salpicada de las manchas rosadas, escarlatas y carmesíes de las amapolas. Por el camino te topas con mujeres que, para protegerse de la lluvia, se cubren la cabeza con grandes hojas de bardana, de manera que parecen verdes escarabajos. Y por todas partes hay montañas que, aunque no son las del Cáucaso, no dejan de ser montañas.