La isla de Sajalin
La isla de Sajalin Nada más salir del túnel, a un lado de la carretera, hay una salina y un puesto telegráfico, desde donde un cable atraviesa la arena y se interna en el mar. En esa casita viven un preso polaco, carpintero de profesión, y su cohabitante que, por lo visto, dio a luz a los doce años después de haber sido violada por un preso camino de Sajalín. La costa que separa Aleksándrovsk de Dué es escarpada, cortada a pico y presenta desprendimientos entre los que despuntan, aquí y allá, manchas y franjas negras de un arshin a un sazhen de espesor. Es carbón. Según la descripción de los especialistas, esos estratos de carbón están comprimidos por estratos de gres, pizarra, esquistos y tierra arcillosa, levantados, replegados, desplazados o rechazadas por rocas de basalto, diorita y porfirio, cuyas masas imponentes emergen en numerosos lugares. Es posible que todo eso tenga su propia belleza, pero mis prejuicios hacia ese lugar son tan profundos que contemplo con pesar no solo a las personas que viven allí, sino también las plantas que arraigan en sus tierras. A unas siete verstas, una brecha corta la orilla. Es el barranco de Voievodsk, donde se alza, aislada de todo, la terrible prisión de Voievodsk, en la que están encerrados los más recalcitrantes criminales, entre ellos algunos presos encadenados a carretillas. La prisión está guardada por centinelas, que al ser las únicas criaturas vivas, dan la impresión de estar custodiando algún extraordinario tesoro en el desierto.