La isla de Sajalin
La isla de Sajalin A una versta de allí comienzan las minas de carbón a cielo abierto, luego su sucede una versta de orilla desnuda y desierta y a continuación se llega a otro barranco en el que se encuentra Dué, la antigua capital del penal de Sajalín. En un primer momento, cuando se entra en sus calles, se tiene la impresión de penetrar en una pequeña fortaleza antigua: una calle recta y llana, semejante a un terreno de maniobras, casitas blancas y limpias, garitas y postes con anchas rayas. Solo falta un redoble de tambor para que la ilusión sea completa. En las casitas viven el comandante de la guarnición, el inspector de la cárcel, el capellán, los oficiales, etc. Allí donde termina la corta calle se alza una iglesia de madera de color gris, que obstaculiza la visión de la parte no oficial del puerto; allí el barranco adquiere forma de Y, bifurcándose a derecha e izquierda. En la parte izquierda hay un suburbio que antaño se llamaba «de la Judería»; en la derecha, toda suerte de construcciones carcelarias y un suburbio sin nombre. Ambas partes, sobre todo la de la izquierda, están superpobladas, son sucias e incómodas; nada de isbas blancas y limpias, sino casuchas minúsculas y viejas, sin patio ni jardín ni porche, amontonadas en desorden junto al camino, en la ladera de la colina y en su cumbre. Las parcelas agrícolas, si es que pueden llamarse así, son exiguas. Según el catastro solo hay cuatro propietarios, cada uno de los cuales dispone de cuatro sazhens cuadrados. Todo está tan comprimido que una manzana no tendría sitio donde caer; no obstante, en medio de ese apelotonamiento nauseabundo, Tolstij, el verdugo de Dué, ha encontrado un rincón y se está construyendo una casa. Sin contar los militares, la población libre y la prisión, Dué cuenta con doscientos noventa y un habitantes: ciento sesenta y siete hombres y ciento veinticuatro mujeres. Hay cuarenta y seis propietarios y seis copropietarios. La mayoría de los propietarios son presos. No logro entender qué lleva a la administración a adjudicar parcelas en este barranco a los presos y sus familias, en lugar de instalarlos en otro lugar. Según el catastro, en Dué la tierra de labor solo asciende a un octavo de desiatina y no hay praderas de ninguna clase. Admitamos que los hombres se ocupan de trabajos forzados, pero ¿qué hacen ochenta mujeres adultas? ¿En qué ocupan ese tiempo que, en virtud de la pobreza, el mal tiempo, el tintineo ininterrumpido de las cadenas, el espectáculo constante de las montañas desiertas, el rumor de las olas y los gemidos y el llanto que llegan de la prisión cuando se azota a los detenidos con látigos o varas de abedul, debe de parecer mucho más largo y angustioso que en Rusia? Ese tiempo lo pasan en la más completa inactividad. En una isba, compuesta generalmente por una sola habitación, te encuentras con la familia de un preso y de un soldado, dos o tres presos, inquilinos o vecinos, algunos adolescentes, dos o tres cunas en los rincones, gallinas, un perro; y, en la calle, junto a la vivienda, desechos y charcos de agua sucia. No hay nada que hacer, nada que comer, están cansadas de charlas y querellas, y no les apetece salir de casa, pues todo es uniformemente sombrío y sucio. ¡Qué tristeza! El marido presidiario regresa del trabajo por la tarde; tiene hambre y sueño, pero la mujer empieza a gemir y a lamentarse: