La isla de Sajalin
La isla de Sajalin —¡Ah, maldito! Has arruinado nuestra vida. La mía y la de mis hijos.
—¡Ya está lloriqueando otra vez! —refunfuña el soldado tendido sobre la estufa.
Después todo queda en silencio; hace tiempo que los niños han dejado de llorar y se han calmado, pero la mujer no duerme: piensa, escucha el bramido del mar; ahora es presa de la angustia: compadece a su marido, lamenta no haber sabido contenerse, haberle cubierto de reproches. Y al día siguiente la misma historia.
Si juzgamos solo por Dué, la colonia agrícola parece sobrecargada de mujeres y presos con familia. A falta de lugar, veintisiete familias viven en viejas construcciones condenadas desde hace mucho a la demolición, sucias y repugnantes a más no poder, que reciben el nombre de «barracones familiares». En su interior no hay habitaciones, sino dormitorios colectivos equipados de tarimas y letrinas, como en la cárcel. Su población se distingue por su extrema diversidad. En una misma pieza, con los cristales rotos y el aire impregnado del olor asfixiante de los retretes, viven juntos un preso con su mujer de condición libre, otro preso con su mujer de condición libre y su hija, otro con su mujer exiliada y su hija, otro con su mujer de condición libre y un colono polaco con su compañera, una presidiaria; todos viven con sus pertenencias en el pabellón y duermen uno al lado de otro en una plataforma continua.