La isla de Sajalin

La isla de Sajalin

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En Dué reina siempre la tranquilidad. El oído se acostumbra pronto al tintineo acompasado de las cadenas, el rumor del oleaje marino y el zumbido de los hilos del telégrafo; y precisamente esos sonidos acentúan la sensación de un silencio de muerte. Ese aire de severidad no se debe solo a las rayas de los postes. Si de pronto alguien se riera a carcajadas en medio de la calle, resultaría estridente y poco natural. Ya desde su fundación, la vida de Dué adoptó una forma que solo puede representarse con un sonido cruel, desesperado, que únicamente el impetuoso viento frío que en las noches de invierno sopla en el barranco, procedente del mar, puede imitar. Por eso resulta extraño, en medio de ese silencio, distinguir de pronto el canto de Shkandiba, el chiflado de Dué. Es un viejo preso que, desde el día de su llegada a Sajalín, se negó a trabajar, y cuya invencible terquedad, puramente animal, no ha podido quebrar ninguna de las medidas coercitivas que se han tomado contra él. Lo metieron en celdas oscuras, lo azotaron varias veces, pero soportó estoicamente los castigos y, después de cada sesión de latigazos, exclamaba:

—¡Seguiré sin trabajar!

Lo intentaron todo, pero al final lo dejaron en paz. Ahora se pasea por Dué, cantando[34].


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