La isla de Sajalin

La isla de Sajalin

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Por la mañana salgo al porche. El cielo está gris, encapotado; llueve; hay barro. El inspector va apresuradamente de una puerta a otra, el mazo de llaves en la mano.

—Te voy a dar un justificante que después vas a estar rascándote una semana entera —grita—. ¡Ya verás el justificante que te voy a dar!

Esas palabras van dirigidas a una muchedumbre de unos veinte presos que, a juzgar por las pocas frases que llegan a mis oídos, se dicen enfermos. Están cubiertos de harapos, empapados, salpicados de barro, tiemblan. Mediante la mímica querrían expresar que están realmente mal, pero en sus rostros helados y ateridos se aprecia un matiz de falsedad y mentira, aunque es posible que no mientan en absoluto. «¡Ah, Dios mío, Dios mío!», suspira uno de ellos, y tengo la sensación de que mi pesadilla nocturna continúa. Me viene a la cabeza la palabra «paria» y su significado: persona que no puede caer más bajo en su condición social. Durante toda mi estancia en Sajalín, solo en el barracón de los colonos, cerca de las minas, y esa lluviosa y embarrada mañana en Derbínskoie tuve la sensación de estar contemplando el grado máximo y extremo de la humillación humana.


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