La isla de Sajalin

La isla de Sajalin

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Cuando llegué a Derbínskoie y visité las isbas, llovía, hacía frío y había barro. El inspector de la cárcel, falto de espacio en su exigua vivienda, me alojó en un granero nuevo, recién construido, en el que había almacenados muebles vieneses. Me pusieron una cama y una mesa y fijaron un picaporte a la puerta para que pudiera cerrar por dentro. Durante toda la tarde y hasta las dos de la madrugada estuve leyendo y tomando notas de los registros catastrales y de los archivos. La lluvia tamborileaba sin interrupción en el tejado; muy de vez en cuando un preso que se había retrasado o un soldado, chapoteando en el barro, pasaba junto a mi alojamiento. Todo estaba en calma, tanto en el granero como en mi ánimo, pero en cuanto apagué la vela y me metí en la cama, empecé a oír susurros, murmullos, golpes, chapoteos, profundos suspiros… Las gotas que caían sobre las rejillas de las sillas vienesas producían un ruido sonoro, estridente, y con él se entreveraba un susurro desesperado: «¡Ah, Dios mío, Dios mío!». Junto al granero se encontraba la cárcel. ¿No podrían llegar los presos hasta mí a través de un túnel? Un nuevo golpe de viento; la lluvia repiquetea con más fuerza; los árboles murmuran; y de nuevo ese suspiro profundo y desesperado: «¡Ah, Dios mío, Dios mío!».




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