La isla de Sajalin

La isla de Sajalin

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Mientras charlábamos, cayó la noche y encendieron las luces. Me despedí del hospitalario señor Beli y me dirigí a casa del secretario del departamento de policía, donde se me había preparado un alojamiento. Todo estaba oscuro y en silencio, se oía el sordo rugido del mar y el cielo estrellado tenía un aire sombrío, como si presintiera que la naturaleza preparaba alguna celada. Atravesé la calle principal, casi hasta el mar; los barcos seguían en la rada; cuando giré a la derecha, oí voces y carcajadas y distinguí, en medio de la oscuridad unas ventanas brillantemente iluminadas. Parecía como si me estuviese aproximando al casino de una ciudad perdida en una noche otoñal. Era la vivienda del secretario. Subí hasta la terraza por unos peldaños vetustos y chirriantes y entré en la casa. En el salón, como dioses entre las nubes, se movían, en medio del humo de tabaco, un ambiente cargado de taberna o de lugar muy húmedo, varios hombres vestidos de uniforme y otros de civil. Conocía a uno de ellos, el señor von F., inspector de agricultura —nos habían presentado con anterioridad en Aleksándrovsk—, pero a los demás los veía por primera vez, aunque todos me recibieron con tanta cordialidad como si fuéramos viejos conocidos. Me condujeron hasta la mesa y me obligaron a beber vodka, es decir, alcohol diluido en un volumen igual de agua, y un coñac de pésima calidad; también tuve que comer una carne durísima que preparaba y servía Jomenko, un preso ucraniano de bigote negro. Había otro desconocido en la reunión, E. V. Shtelling, director del observatorio magnético y meteorológico de Irkutsk, que había llegado en el Vladivostok procedente de Kamchatka y Ojotsk, donde estaba haciendo gestiones para la creación de estaciones meteorológicas. También conocí al mayor Sh., el inspector de la prisión de Kórsakov, que había trabajado a las órdenes del general Gresser en la policía de San Petersburgo. Era un hombre alto y grueso, con ese porte sólido e imponente que hasta la fecha solo he podido observar en algunos comisarios de barrio y de distrito. Hablándome de sus breves encuentros con muchos escritores famosos de San Petersburgo, el mayor se refería a ellos por sus diminutivos: Misha, Vania; y cuando me invitó a desayunar y comer en su casa, en un par de ocasiones me tuteó[62].


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