La isla de Sajalin
La isla de Sajalin Era más de la una de la madrugada cuando los invitados se marcharon y pude acostarme. De pronto, se oyó un silbido y un aullido: se había levantado viento de levante. Por eso, desde la tarde, el cielo tenía un aspecto tan sombrío. Jomenko, que venía de la calle, nos informó de que las embarcaciones habían zarpado, pero que poco después había estallado una violenta tormenta. «Hay muchas posibilidades de que vuelvan —dijo riendo—. No podrán superarla». La habitación se volvió fría y húmeda; seguramente la temperatura no superaba los seis o siete grados. El pobre F., joven secretario del departamento de policía, no podía dormir, tanto tosía y se sonaba. El capitán K., que compartía su habitación, tampoco podía conciliar el sueño; dio unos golpecitos en el tabique que nos separaba y dijo:
—Recibo Nedelia. ¿Quiere leerla?
Por la mañana hacía frío en todas partes: en la cama, en la habitación y en la calle. Cuando salí, caía una lluvia helada, los árboles se doblaban al empuje del viento, el mar rugía y cuando las ráfagas arreciaban las gotas de lluvia golpeaban el rastro y repiqueteaban en las techumbres como perdigones. El Vladivostok y el Baikal, en efecto, no «habían superado» la tormenta, habían regresado y estaban anclados en la rada, envueltos en la bruma. Paseé por las calles y por la orilla, hasta las inmediaciones del embarcadero. La hierba estaba empapada, los árboles goteaban.