La isla de Sajalin
La isla de Sajalin En el muelle, cerca de la caseta del vigilante, yacía el esqueleto de una joven ballena que en otro tiempo vagó alegre y feliz por la inmensidad de los mares del norte; ahora los blancos huesos del gigante reposaban en el barro, ablandados por la lluvia… La calle principal está pavimentada, bien conservada, dispone de aceras, faroles y árboles; un viejo con la marca de criminal la barre todos los días. Todos los edificios que la circundan son oficinas públicas y alojamientos de funcionarios, en los que no vive ni un solo exiliado. En su mayor parte son construcciones nuevas, de apariencia agradable, desprovistas de esa pesadez administrativa que caracteriza las de Dué. Si se toma el conjunto de las cuatro calles que forman Kórsakov, hay más edificios viejos que nuevos y las casas de veinte o treinta años no son raras. En Kórsakov hay más edificaciones viejas y más funcionarios viejos que en el norte, indicio de que el sur probablemente predispone más que los dos distritos septentrionales a una vida sedentaria y apacible. Según tuve ocasión de observar, aquí la vida tiene un carácter más patriarcal, la gente es más conservadora y las costumbres, incluso las malas, gozan de mayor vigencia. Así, en comparación con el norte, se recurre con más frecuencia a los castigos corporales y a veces cincuenta hombres son azotados en una sola sesión. Además, únicamente en el sur se ha conservado una estúpida costumbre, introducida hace mucho tiempo por un coronel ya olvidado, según la cual cuando, cualquier hombre libre se acerca por la calle o la orilla del mar a un grupo de detenidos, a cincuenta pasos del encuentro, se oye el grito del vigilante: «¡Gorros fuera!». Y los presos, taciturnos, con la cabeza descubierta, pasan a vuestro lado, mirándoos de reojo, como si temieran que, de haberse descubierto a veinte o treinta pasos en lugar de los cincuenta reglamentarios, podríais haberles dado un bastonazo, como hacen el señor Z. o el señor N.