La isla de Sajalin
La isla de Sajalin Hay cincuenta y siete propiedades, pero no se trata de granjas agrícolas, sino más bien de construcciones burguesas. Desde el punto de vista de la agricultura, son totalmente insignificantes. El total de tierra de labor es de tres desiatinas, más dieciocho de pastos, que comparten con la prisión. No hay que ver lo apretujadas que están las casas y cómo se incrustan pintorescamente a las laderas y el fondo del barranco para comprender que la persona que eligió este lugar no tuvo en cuenta que, además de militares, también debía albergar agricultores. Cuando se les pregunta de qué viven y en qué se ocupan, los propietarios responden: «Un trabajito por aquí, un pequeño negocio por allá…». En lo que respecta a las ganancias complementarias, la situación de los habitantes de Sajalín Meridional no es tan desesperada como en el norte, como el lector verá más adelante. Si lo desean, pueden ganar un sueldo, al menos durante los meses de primavera y de verano, pero la población de Kórsakov no parece muy interesada y, como buenos ciudadanos, viven de recursos inciertos; inciertos en el sentido de que son irregulares y ocasionales. Uno vive del capital que trajo de Rusia, otro es escribiente, un tercero sacristán, un cuarto tendero, aunque la ley lo prohíba; un quinto cambia los trastos viejos de los detenidos por vodka japonés que después revende, etc. Las mujeres, incluso las de condición libre, se dedican a la prostitución; ni siquiera una exiliada privilegiada, de la que se dice que acabó el instituto, escapa a esa regla. Aquí se pasa menos hambre y menos frío que en el norte. Los presos cuyas mujeres venden su cuerpo fuman tabaco turco a cuarenta kopeks el cuarto de libra; en definitiva la prostitución adquiere aquí tintes más preocupantes que en el norte, aunque es posible que la diferencia no sea grande.