La isla de Sajalin

La isla de Sajalin

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Las isbas están construidas con tablas y planchas, con un tejado de finas varas cubiertas de hierba seca. En el interior, a lo largo de las paredes, se suceden las plataformas, por encima de las cuales se disponen baldas llenas de diversos utensilios; además de pieles, hay tarros con grasa, redes, cacharros, etc; hasta es posible encontrar cestas, esteras e instrumentos musicales. El señor de la casa suele estar sentado en su plataforma, siempre con una pipa en la boca. Si se le formula alguna pregunta responde sin ganas, lacónicamente, aunque siempre con cortesía. En medio de la yurta está el hogar, donde arde la leña. El humo sale al exterior por un orificio practicado en el tejado. En el fuego hay un caldero negro de gran tamaño, en el que borbotea una sopa de pescado grisácea y espumosa que ningún europeo probaría ni por todo el oro del mundo. En torno al caldero se sientan algunos monstruos. De la misma manera que los ainos varones son robustos y bien formados, sus mujeres y sus madres son muy poco atractivas. Diversos autores describen el aspecto externo de las mujeres ainas como «horrible» e incluso «repugnante». Su piel es de un amarillo oscuro, apergaminada; sus ojos, rasgados; sus rasgos, pronunciados; los cabellos ásperos y lacios caen en mechones sobre el rostro como la paja de un viejo cobertizo. Su atuendo es desaliñado y feo; además, son extremadamente delgadas, con una expresión senil. Las mujeres casadas pintan sus labios de azul, perdiendo por completo su apariencia humana. Cuando contemplé la seriedad, casi la gravedad, con que removían con el cucharón en el caldero y retiraban la espuma gris, me pareció estar viendo auténticas brujas. No obstante, las chicas y las muchachas más jóvenes no causan una impresión tan repulsiva[84].


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