La isla de Sajalin

La isla de Sajalin

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Y mediante gestos y el tono de la voz se esforzaron por demostrarme que no solo hacía bueno, sino hasta calor, y que mi alojamiento era en todos los sentidos el paraíso terrenal. Ambos eran japoneses de pura cepa, da talla mediana y rostros mongoloides. En cónsul tenía unos cuarenta años, era imberbe, con bigote apenas perceptible, de constitución fuerte. El secretario parecía unos diez años más joven, llevaba gafas de cristales ahumados y mostraba todos los síntomas de la tisis: una víctima más del clima de Sajalín. En cónsul tenía otro secretario, el señor Suzuki, de talla inferior a la media, grandes bigotes con las guías hacia abajo, a la manera china, y ojos oblicuos y rasgados; desde el punto de vista japonés, un hombre de un atractivo irresistible. Un día, hablando de un ministro japonés el señor Kuze dijo: «Es tan atractivo y varonil como el señor Suzuki». Fuera de casa se visten a la europea y hablan muy bien el ruso; más de una vez, en el consulado, los he encontrado con un libro ruso o francés en la mano; tenían una estantería llena de libros. Habían recibido una formación europea, eran de una cortesía exquisita, delicados, cordiales. Para los funcionarios locales el consulado japonés era un rincón cálido y agradable, donde podían olvidarse de la prisión, del penal y de las disputas del servicio, y disfrutar de unas horas de descanso.



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