La isla de Sajalin

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Hasta que llega el momento de embarcar, los campesinos viven en los puestos y en las colonias y se ocupan de sus haciendas en condiciones tan desfavorables como las de los colonos y los presos. Todos ellos siguen dependiendo de las autoridades penitenciarias y, si viven en el sur, deben descubrirse a cincuenta pasos de distancia. Se les trata mejor y no se les golpea, pero aún así no son campesinos en el sentido estricto del término, sino presos. Viven cerca de la cárcel y la ven todos los días. La coexistencia de una colonia pacífica dedicada a la agricultura y una prisión de trabajos forzados es inconcebible. Algunos autores han visto en Ríkovskoie bailes en corro y han oído los sones del acordeón y de distantes canciones; yo no vi ni oí nada semejante y no puedo imaginar a unas chicas cantando y bailando alrededor de la cárcel. Aunque hubiera escuchado, junto al tintineo de las cadenas y los gritos de los guardianes, ecos lejanos de canciones, los habría considerado una mala señal, ya que una persona buena y caritativa jamás se pondría a cantar en la proximidad de una prisión. Los campesinos, los colonos, sus mujeres libres y sus hijos se sienten oprimidos por el régimen de la prisión; comparable al estado de guerra, con su extraordinaria severidad y la ineluctable tutela de las autoridades, los mantiene en un estado constante de tensión y miedo. La administración penitenciaria les priva de los pastos, de los mejores lugares de pesca y de los mejores bosques. Los fugitivos, los usureros y los ladrones los despojan de sus pertenencias. La visión del verdugo paseando por la calle les aterroriza. Los guardias seducen a sus mujeres y a sus hijas, y lo más importante, la cárcel les recuerda a cada instante su pasado, quiénes son y dónde están.


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