La isla de Sajalin
La isla de Sajalin Ni la vejez de la mujer, ni la diferencia de religión, ni sus hábitos errabundos constituyen un impedimento para la cohabitación. Encontré mujeres de cincuenta o más años viviendo no solo con colonos jóvenes, sino con vigilantes que apenas habían cumplido los veinticinco. A veces una madre vieja y su hija adulta llegan juntas al penal. Ambas se convierten en cohabitantes de colonos y empiezan a engendrar hijos a porfía. Católicas, protestantes e incluso tártaras y judías viven a menudo con rusos. En una isba de Aleksándrovsk encontré a una mujer rusa en compañía de kirguizos y caucasianos, a los que estaba sirviendo la mesa, y la apunté como cohabitante de un tártaro o, como lo llamaba ella, un checheno. En Aleksándrovsk, el tártaro Kerbalai, conocido por todos, vive con la rusa Lopushina, que a le ha dado tres hijos[110].
Los vagabundos también intentan llevar una vida familiar; en Derbínskoie, uno de ellos, Iván, de treinta y cinco años, me anunció con una sonrisa que tenía dos cohabitantes: «Una aquí y otra, por orden escrita, en Nikoláievsk». Otro colono convive, desde hace diez años, con una mujer que no recuerda su procedencia ni su verdadero nombre ni su lugar de nacimiento.