La isla de Sajalin
La isla de Sajalin Cuando se les pregunta qué tal se llevan, el colono y su cohabitante suelen responder: «Bien». Algunas condenadas me dijeron que en Rusia solo habían recibido de sus maridos burlas, golpes y reproches por cada pedazo de pan que comían, y que en el penal habían visto la luz por primera vez. «Gracias a Dios, ahora vivo con un buen hombre que se compadece de mí». Los deportados tratan con indulgencia a sus cohabitantes y las aprecian.
—Cuando el colono no tiene mujer, debe arar, cocinar, ordeñar la vaca y hacer la colada —me dijo el barón A. N. Korff—, y si tiene la fortuna de conseguir una, se aferra a ella tanto como puede. Mire cómo la viste. Aquí a las mujeres se las respeta.
—Lo que no impide que tengan el cuerpo lleno de moratones —añade el general Kononóvich, que asistía a nuestra conversación.