La isla de Sajalin

La isla de Sajalin

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Cada nuevo nacimiento es recibido con frialdad en la familia. Junto a la cuna no se cantan canciones, solo se oyen amargos lamentos. Padres y madres dicen que no tienen con qué alimentar a sus hijos, que estos no aprenderán nada bueno en Sajalín y que «lo mejor sería que Dios misericordioso se los llevara lo antes posible». Si el niño llora o hace alguna travesura, se le grita con rabia: «¡Cállate o te mato!».

Pero por mucho que digan y se lamenten, los seres más útiles, necesarios y agradables de Sajalín son los niños; los exiliados lo saben perfectamente y los aprecian en su justo valor. Aportan un elemento de ternura, pureza, dulzura y jovialidad a los endurecidos y moralmente degradados hogares de Sajalín. A pesar de su pureza, aman por encima de todo a su madre corrupta y a su padre ladrón, y si a un exiliado que en la cárcel ha perdido la costumbre de la ternura, le conmueve el afecto de un perro, ¡qué valor no tendrá para él el amor de un niño! Ya he dicho que la presencia de los niños proporciona apoyo moral a los exiliados; ahora añado que a menudo es lo único que los ata a la vida, los salva de la desesperación y de la caída definitiva.




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