La isla de Sajalin

La isla de Sajalin

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En una ocasión tuve que anotar a dos mujeres de condición libre que habían seguido voluntariamente a sus maridos y vivían juntas en la misma casa. Una de ellas, que no tenía hijos, se pasó todo el tiempo quejándose de su destino; se burlaba de sí misma, se llamaba tonta y maldita por haber ido a Sajalín; y todo eso lo decía apretando los puños con rabia y en presencia de su marido, que me miraba con aire culpable. La otra, que era una mujer «prolífica», como se las llama aquí, y tenía varios hijos, guardaba silencio. Yo me decía que la situación de la primera, sin hijos, debía de ser espantosa.

Recuerdo que al anotar en una isba a un niño tártaro de tres años, con un bonete en la cabeza y una gran distancia entre los ojos, le dirigí unas palabras cariñosas; de pronto el padre, un tártaro de Riazán, indiferente hasta entonces, resplandeció de gozo y empezó a sacudir alegremente la cabeza, para darme a entender que también él pensaba que su hijo era muy guapo. Me dio la impresión de que ese tártaro era feliz.






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