La isla de Sajalin
La isla de Sajalin A partir de lo que se ha dicho más arriba, el lector puede imaginarse qué influencias se ejercen sobre los niños de Sajalín y qué impresiones determinan su orientación espiritual. Lo que en las ciudades y aldeas de Rusia sería abominable, aquí es moneda corriente. Los niños siguen con ojos indiferentes un grupo de presos encadenados; y, cuando los presos empujan carretillas llenas de arena, los niños se agarran por detrás, riendo a carcajadas.
Juegan a vigilantes y presos. Un muchacho, al salir a la calle, grita a sus compañeros: «¡En fila!» o «¡Descansen!», o mete sus juguetes y un pedazo de pan en un saco y le dice a su madre: «Voy a convertirme en vagabundo». «Ten cuidado no te dispare un guardia», le dice la madre bromeando. El niño sale a la calle y vaga por ahí, mientras sus compañeros, que hacen las veces de guardias, tratan de atraparlo. Los niños de Sajalín hablan de vagabundos, de varas de abedul, de látigos; saben lo que es un verdugo, un preso encadenado, un cohabitante.
Al recorrer las isbas de Verjni Armudán, entré en una en la que no había ningún adulto. Solo encontré a un niño de diez años, de cabellos rubios, cargado de espaldas, descalzo; su pálido rostro, cubierto de grandes pecas, parecía de mármol.
—¿Cuál es el patronímico de tu padre?
—No lo sé —me respondió.