La isla de Sajalin
La isla de Sajalin Los exiliados aprovechados, que amasan grandes fortunas gracias al comercio, se dedican principalmente al negocio de las pieles, que compran a los nativos a precios ínfimos o a cambio de alcohol; pero en ese caso no puede hablarse de caza, sino de otra clase de actividad. Hay tan pocos exiliados cazadores que se pueden contar con los dedos de una mano. En la mayor parte de los casos no son profesionales, sino aficionados que carecen de perros y disponen de armas de mala calidad. Solo cazan por placer. Venden las presas por unas monedas o se las gastan en bebida. Un colono del puesto de Kórsakov, que trataba de venderme un cisne que había abatido, me pidió «tres rublos o una botella de vodka». Es evidente que la caza nunca alcanzará las dimensiones de una industria, precisamente porque la practican exiliados. Para que la caza sea una profesión, hay que ser independiente, intrépido, vigoroso; pero la mayoría de los colonos son personas de carácter débil, indecisas, melancólicas; en su tierra no eran cazadores y no saben manejar una escopeta; esa actividad libre les resulta tan ajena a su alma oprimida que, llevados por la necesidad, preferirán degollar a un ternero adquirido a crédito del Estado —aun a riesgo de ser castigados— que salir al campo y disparar a los urogallos o a las liebres. Además, tampoco sería deseable un amplio desarrollo de esa actividad en una colonia dedicada a la rehabilitación de unas personas que en la mayoría de los casos han sido enviadas allí por asesinato. No se puede permitir que un antiguo asesino mate animales con demasiada frecuencia y se entregue a esas operaciones brutales propias de una partida de caza, como rematar a un ciervo herido, retorcerle el cuello a una perdiz, etc.