La isla de Sajalin

La isla de Sajalin

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La principal riqueza de Sajalín y su porvenir —feliz y envidiable, tal vez— no son los animales de piel ni el carbón, como se piensa, sino el pescado estacional. Una buena parte, e incluso la masa entera de los pececillos que los ríos llevan al océano, vuelve cada año al continente en forma de peces migratorios. El keta o kita, representante de la familia de los salmones, que tiene la talla, el color y el sabor de nuestro salmón y vive en la parte norte del océano Pacífico, en un periodo determinado de su vida entra en algunos ríos de América del Norte y de Siberia, y con una fuerza irresistible, en número incalculable, remonta la corriente, alcanzado los más altos riachuelos de montaña. En Sajalín, ese fenómeno se produce a finales de julio o en el primer tercio de agosto. La cantidad de pescado es tan grande y su avance tan impetuoso y extraordinario que quien no haya contemplado tan admirable fenómeno no puede imaginárselo. Se pude juzgar la rapidez y la densidad de los peces por el aspecto de los ríos: su superficie parece entrar en ebullición, el agua adquiere un gusto a pescado, los remos se hunde con dificultad y lanzan al aire a los peces con los que tropiezan. El keta penetra en la desembocadura de los ríos lleno de fuerza y de vigor, pero la lucha constante con la rápida corriente, las apreturas, el hambre, los roces, las colisiones con troncos hundidos y piedras lo agotan; enflaquece, su cuerpo se cubre de magulladuras, la carne se vuelve flácida y blanquecina, los dientes sobresalen en las mandíbulas. Cambia tanto de aspecto que los profanos lo toman por otra especie y no lo llaman keta, sino «pez lanceta». Poco a poco se debilita, no puede contrarrestar la corriente y se demora en los pozos o detrás de las raíces, con la boca hundida en el limo; entonces se puede coger con la mano y el oso puede sacarlo del agua con la zarpa. Finalmente, agotado por el desove y el hambre, muere; en ese momento, en el curso medio de los ríos aparecen grandes cantidades de ejemplares extenuados, mientras las orillas del curso alto se cubren de peces muertos, que despiden un olor hediondo. Todos los sufrimientos que el pez soporta durante el periodo reproductivo reciben el nombre de «migración hacia la muerte», pues le conduce a ella inevitablemente, ya que ningún ejemplar regresa al océano, todos perecen en los ríos. «El frenesí de la migración —dice Middendorf—, el irresistible impulso de la atracción erótica llevado hasta la muerte. ¡Y pensar que semejante ideal se aloja en el pequeño cerebro de un pez húmedo y frío!».


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