La isla de Sajalin
La isla de Sajalin En una ocasión, durante mi estancia en Aleksándrovsk, el sacerdote local, el padre Yegor, me visitó al atardecer y, tras pasar unos minutos conmigo, se dirigió a la iglesia para celebrar una boda. Le acompañé. En la iglesia estaban encendiendo ya las luces, y los miembros del coro, con una expresión de indiferencia, ocupaban sus sitios en espera de los novios. Había muchas mujeres, tanto de condición libre como presas, que miraban la puerta con impaciencia. Se les oía cuchichear. De pronto alguien sacudió la mano junto a la puerta y susurró excitado: «¡Ya vienen!». Los miembros del coro empezaron a carraspear. Una ola de gente se apartó para despejar la puerta, alguien emitió un severo grito y a continuación entraron los novios: él, un preso tipógrafo de unos veinticinco años, llevaba una chaqueta con el cuello almidonado y dobleces en las puntas, y una corbata blanca; ella, también condenada, tres o cuatro años mayor que él, lucía un traje azul adornado de encajes blancos y una flor en la cabeza. Habían extendido un pañuelo sobre la alfombra. El novio fue el primero en pisarlo[160]. Los testigos, también tipógrafos, llevaban asimismo corbatas blancas. El padre Yegor bajó del altar y estuvo un buen rato pasando las hojas del libro que había en el atril. «Santo es el Señor…», entonó, y la boda dio comienzo. Cuando el sacerdote puso las coronas[161] en la cabeza del novio y de la novia y pronunció la oración del matrimonio «con gloria y honor», los rostros de las mujeres presentes expresaban ternura y alegría; parecía como si hubiesen olvidado que la ceremonia se celebraba en la iglesia de una cárcel, en deportación, lejos de la patria. El sacerdote dijo al novio: «Exáltate, marido, igual que Abraham…». Cuando la iglesia se quedó vacía después de la boda y el aire se llenó del olor de las velas, que el guardián se apresuró a apagar, el lugar se volvió triste. Salimos al atrio. Llovía. Cerca de la iglesia, en medio de la oscuridad, había una multitud y dos calesas; una la ocupaban lo recién casados, la otra estaba vacía.