La isla de Sajalin
La isla de Sajalin En las cárceles hay muchos guardianes, pero muy poco orden; en realidad, los guardianes constituyen un freno constante para la administración, como el propio comandante de la isla certifica. Casi todos los días los penaliza en sus ordenanzas, les reduce el salario o los licencia: a uno por su negligencia e indisciplina; a otro por su inmoralidad, su mala fe y su estupidez; a un tercero por robar provisiones del Estado confiadas a su custodia; a un cuarto por encubrimiento; a un quinto, encargado de vigilar una barcaza, no solo por no mantener el orden, sino por dar un mal ejemplo robando nueces; a un sexto se le ha abierto expediente por vender hachas y clavos del Estado; a un séptimo se le ha sorprendido en varias ocasiones haciendo un uso ilegal del forraje destinado al ganado del Estado; a un octavo por realizar transacciones ilícitas con los presos. Gracias a esas ordenanzas podemos saber que un guardián de primera categoría, antiguo soldado, durante su turno entró en el barracón de las mujeres a través de la ventana, no sin antes retirar los clavos, por un motivo de naturaleza romántica; otro, durante su turno, permitió que un soldado, también guardián, entrara en una celda individual reservada a la presas. Las aventuras amorosas de los guardianes no se limitan al estrecho ámbito de los barracones de las mujeres y de las celdas individuales. En sus viviendas encontré, más de una vez, adolescentes que, cuando les preguntaba quiénes eran, me respondían: «Soy cohabitante». Al entrar en la vivienda de un guardián te encuentras con un hombre fornido, bien alimentado, metido en carnes, con el chaleco desabotonado, botas nuevas y chirriantes; está sentado a la mesa y bebe té. Junto a la ventana hay una muchacha de unos catorce años, pálida, con el rostro ajado. Por lo general se da el título de «suboficial» o «guardián-jefe» y dice que su compañera es hija de un preso, tiene dieciséis años y es su cohabitante.