La isla de Sajalin

La isla de Sajalin

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Un grupo de guiliakos se dirigía al puesto de policía, entre los furiosos ladridos de los pacíficos perros de Sajalín que, por alguna razón, solo se ensañan con ellos. En otro grupo, presos con grilletes y tintineantes cadenas, unos con gorro y otros sin él, arrastraban una pesada carretilla de arena, a la que se agarraban unos niños; a un lado y a otro caminaban los miembros de la escolta, el rostro rojo y sudoroso y el fusil al hombro. Los presos descargaban la arena delante de la casa del general y volvían sobre sus pasos, siempre acompañados del tintineo de las cadenas. Un hombre con una marca cuadrada en la espalda de su bata, iba de puerta en puerta vendiendo arándanos. Cada vez que paseaba por la calle, los que estaban sentados se levantaban y todas las personas con las que me cruzaba se quitaban el gorro. Los presos y los exiliados, salvo raras excepciones, circulan libremente, sin cadenas y sin escolta; se los encuentra uno a cada paso, solos o en grupo. Están en todos los patios y en todas las casas, porque trabajan como cocheros, guardianes, cocineros, cocineras y nodrizas. En un primer momento, la falta de costumbre hace que esa proximidad confunda y cause perplejidad. Pasas junto a un edificio en construcción y ves presos con hachas, sierras y martillos. «¡Ah —piensas—, ahora tomara impulso y me asestará un golpe!». O vas a visitar a un conocido y, al no hallarlo en casa, te sientas a escribir una nota, bajo el ojo vigilante de su criado, un preso armado de un cuchillo con el que estaba pelando patatas en la cocina. O a veces, por la mañana temprano, a eso de las cuatro, un ruido ligero te despierta y ves a un preso que se acerca a la cama de puntillas y reteniendo la respiración: «¿Qué pasa? ¿Qué quieres?». «Limpiar sus botas, excelencia». No tardé en habituarme a esos episodios. Todo el mundo se acostumbra, incluso las mujeres y los niños. Las damas locales no sienten ninguna intranquilidad cuando sus hijos pasean en compañías de ayas condenadas a perpetuidad.


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